Trece razones, catorce años

September 15, 2017

 

Hace unos meses salió una serie llamada 13 Reasons Why (Trece razones por qué). Me llamó la atención la portada y el trailer, así que decidí darle una oportunidad para suplantar momentáneamente mi adicción a How I Met Your Mother en mis ratos de Netflix.

 

La trama es clara (tampoco se las voy a arruinar), una adolescente se suicida por trece distintas razones que involucran a diferentes personas de su entorno. La cosa es que al terminar de verla no pude evitar pensar en lo frágil que es esta edad para todos y lo inseguro y poco amado que uno se debe sentir para que le pasen encima en múltiples ocasiones y al final tomar la decisión de quitarse la vida.

 

Me puse a reflexionar que en un momento o varios de mi adolescencia tuve el mismo sentimiento y pensamiento… siento pena por mí misma y me avergüenza mucho admitirlo públicamente, pero es real. 

 

Haciendo memoria, la secundaria parecía perfecta pero yo no me sentía nada bien en ella. Las instalaciones eran y siguen siendo hermosas, los maestros muy bien preparados pero, mis compañeros eran quienes complicaban realmente mi estancia ahí. La división de grupos sociales: las populares, los galanes, los deportistas, los estudiosos y los rechazados, que eran severamente excluidos y ridiculizados por ser tan raros. Antes de que el bullying se tomara tan en serio, se volviera moda y tema de conversación entre las instituciones educativas, públicas y privadas, era el pan de cada día para todos los que éramos diferentes de alguna forma en los salones de clases y no tenía nombre, simplemente sucedía por generaciones y generaciones.

 

No pude evitar sentir la necesidad de escribir sobre lo que me recordó el ver a la protagonista de la serie sumergida en la tina llena de agua, mientras tomaba una navaja y empezaba a hacer cortes en su muñeca. Pero no quería hacerlo como un review de la serie, sino algo más. Una escrupulosa reflexión sobre lo que fue mi experiencia. Como ya lo saben, me gusta ilustrar mis artículos personales con fotografías que visualmente las hagan entrar en lo que estoy sintiendo.

 

 

Escribí a mi antiguo Colegio y como ex alumna, amablemente me dejaron entrar para hacer una sesión de fotos. Primero a la primaria, lo cual fue un verdadero placer, pues todo seguía intacto. Recordaba mi niñez, la llegada de los reyes magos, el saludable lunch que empacaba mi mamá todas las mañanas, aunque yo quería siempre los nuggets de Mc Donalds que llevaba alguna de mis compañeras, los recreos, las gradas del patio, mis padres aún no se divorciaban. La mayoría de esos años no fueron del todo malos. Nunca fui una niña problema, era más bien tranquila y callada. No sabía defenderme de los brutos niños que me llamaban de alguna forma burlona por mi peso.  

 

 

Otra cosa fue cuando crucé la entrada de la secundaria. Las paredes de ladrillo rojo, el olor a lápices, el frío de los pasillos solitarios, el eco en los salones. Casi todo seguía como lo recordaba, hace más de catorce años. La jardinera donde recibí mi primer beso, los escalones de concreto donde discutí con mi mejor amiga por que se hizo novia del chico que me gustaba, el arco donde estaba parada la primera vez que crucé palabra con mi mejor amigo de toda la vida, aún lo puedo ver caminando de la mano de su novia y quién diría, ahora está felizmente casado con un hombre maravilloso; la larga cancha de fútbol donde tenía que calentar en cada clase de deportes, corriendo hombro a hombro con todos mis compañeros, por el estrecho perímetro de la cancha y la vergüenza que sentía cuando retrasaba a los que iban detrás de mí por que la gorda no podía ir más rápido. 

 

 

Mientras abría la puerta de madera de mi salón de tercer grado, no pude evitar sentir como una cubetada de agua helada, todas las memorias y sentimientos que había olvidado, todo estaba ahí de forma energética, no sé ni cómo explicarlo. Sufría demasiado por no sentirme aceptada. Demasiado. Era miserable, estaba sola y dispuesta a hacer lo que fuera para dejar de estarlo.

 

 

Corrí rápidamente al frente, dando la espalda al pizarrón, me acerque al lugar dónde me sentaba y miré por la ventana, como si de cierta forma pudiera encontrarme cara a cara con la Priscila de catorce años. Me gustaría tanto abrazarla, decirle que todo saldrá bien. Que está bien ser diferente y que un día, una década después, todos esos niños crecerían y la mayoría la admirarían por eso que la hace diferente. Que deje de culparse por comer una rebanada extra de pizza o por desear la comida de la cafetería más que la manzana en su mochila. 

 

 

Esa niña insegura y callada cambió mucho después de juntarse con las personas equivocadas. Empezó a decir lo que pensaba sin filtro, forjó una personalidad rebelde y contestona que le causó demasiados problemas. Cometió muchos errores, pasó por encima de lo que le habían enseñado en casa, encima de lo que ella misma creía que estaba bien. Aceptó relaciones destructivas, malas amistades, retos estúpidos que le hacían daño, se volvió burlona, mentirosa y agresiva. Por sentir que podía pertenecer a un grupo de amigos falsos e hipócritas que no valían la pena.

 

 

Esa etapa marcó un antes y un después. Fue muy difícil superar mi rebeldía, necesité de muchos años para cambiar la percepción que tenía sobre el mundo y sobre mí misma. Y a pesar de todo no lo veo como una pérdida. Todo lo que viví es parte de lo que hoy cimienta el ser humano que soy, pero para ser completamente sincera, hubiera sido lindo que alguien me hubiera dicho que estaba bien ser yo misma. 

 

 

Muchísimas veces he recibido mensajes y correos de niñas de entre trece y dieciséis años, donde me platican que su experiencia es muy similar a la mía. Y cuando vi la serie todo me hizo click. Es una etapa muy frágil de muchos cambios, de descubrir el mundo. Se acerca el despertar sexual en ti y en los que te rodean, dejas de ser vista como una niña, aunque aún no dejas de serlo. El alcohol, el tabaco, los desórdenes alimenticios y las drogas circulan al por mayor y si no eres lo suficientemente lista, pueden incorporarse a tu vida y hasta terminarla. 

 

Hoy les escribo a todas las niñas que están pasando temerosas por esta etapa. Y sólo les voy a decir una cosa: Esto pasará. No le quito su grado de importancia, cuando estás dentro se ve interminable, pero te lo aseguro esto pasará. Si tu cuerpo, tus gustos, tu forma de ser o cualquier característica particular que tengas, no es suficiente para los demás no es tu problema, es su problema. Haz lo que te haga feliz, está bien ser tú y no hay nada malo en ello. Y cuando te sientas amenazada física, mental o emocionalmente háblalo.

 

 

Todos, absolutamente todos tenemos traumas, duelos, vacíos, soledad y etapas tremendamente jodidas. Los bullies, los rechazados, los populares, la chica gorda y la más linda de la escuela también. Sólo que lidiamos con ellos de distinta forma y de adolescentes usualmente elegimos la peor. Después lo podrás entender todo, se llama madurar y viene con el tiempo.

 

Hoy por hoy camino por los mismos pasillos donde me sentía miserable y solitaria, con unos tacones impresionantes, un outfit impecable y la mirada en alto. Me siento empoderada y orgullosa de mí misma, de las huellas que dejo, las heridas que he sanado y los nuevos retos que hay en mi vida. Porque ahora soy la persona que esa niñita de catorce años vería con admiración y respeto. Trato día con día de no defraudarme y de no olvidar mis sueños, por más que la vida pase, que la rutina me alcance o que mis metas cambien. 

 

 

Honro a la Priscila del pasado para abrirle paso a la Priscila del presente y poder hacer más fuerte a la del futuro. Y con todos los cambios que ha traído este año de montaña rusa emocional, no puedo pensar en un momento mejor para dejar ir estos sentimientos en el mismo lugar donde fueron sembrados.

 

Por otro lado platiqué con la coordinadora de Pedagogía del Colegio y me contó que ahora hay programas y campañas antibullying, incluso impuestos por el DIF (Gobierno de México). Los alumnos que cometan alguna falta, serán de alguna forma reprendidos haciendo servicio social, lo cual me parece fantástico. Las niñas apoyan en una guardería del DIF y los niños en un asilo. Qué mejor para un adolescente mimado que una dosis de realidad. Aunque también me comenta, que en muchas ocasiones se siente atada de manos ante la reacción negativa de los padres, todos creen que tienen unos angelitos y esa ceguera es letal. Porque no importa cuanto haga una escuela por tratar de mantener el orden y el respeto, los valores se enseñan en casa. Parece lo más fácil proveer a un hijo de todo lo que quiera y dejarlo a su suerte ¿Aunque, quién soy yo para juzgar? Aun no soy madre.

 

Agradezco de forma especial al Colegio Baden Powell por abrirme las puertas a sus instalaciones con tanto cariño y a mi amigo Flavio Baro (quien por azares del destino también es exalumno del mismo colegio) que hace arte con su cámara y siempre está dispuesto a apoyarme en mis proyectos.

 

Espero que este artículo les haya gustado y que las haya puesto a pensar. Como siempre, espero sus comentarios y por favor siéntanse con la libertad de escribirme y platicarme sus experiencias. Siempre es bueno fomentar el intercambio de ideas para que cada vez haya menos mujeres que se sientan solas, en la etapa que sea.

 

Les manda un gran abrazo. (Y que pasen un excelente día de la independencia si son mexicanas y si no, también)

 

La Fatshionista.

 

 

 

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