El hombre ideal

August 24, 2017

 

Hoy les escribo por que quiero compartir con ustedes lo que he descubierto en los últimos días, semanas y meses.

 

Desde que escuché sobre el tratamiento de plus vida, quise indagar más en la razón por la cual yo tengo este sobre peso. Por que el tratamiento pone una solución a la obesidad tratándola como una adicción a la comida. Pero no creo que sea el caso de todas. Como les he repetido hasta el cansancio, la obesidad no es una enfermedad, es un síntoma, el problema es otro.

 

Mi cuerpo es mi santuario, es el vehículo que me ha permitido crear, hacer arte, deshacer, experimentar y expresarme. Pero podría creerse que no lo cuido o no lo quiero si no estoy “fit” y cuido de mi alimentación para mantenerlo saludable. Así que emprendí un nuevo viaje con el tratamiento, que desafortunadamente no dio resultados.

 

El tema aquí es que mi problema no está en la comida, no tengo una adicción a ella y tratar una inexistente adicción no resolvió nada. No es la comida, es mi cuerpo, los beneficios que me da estar gorda y que me ha dado durante años. Así es, lo leyeron bien, los beneficios.

 

Haciendo memoria los peores momentos de mi vida han sucedido cuando bajo mucho de peso. Y esto sólo reforzó la idea de que estar delgada era jodido. 

 

Pero dejando eso de lado, me puse a pensar ¿Por qué no puedo dejar ir tantos kilos y centímetros que me envuelven? ¿Qué me quiere decir mi cuerpo? ¿Qué representa para mi tener esta masa?

 

Y hace unos día, en una noche de fiesta, caminando a lado de mi hermana me cayó encima la respuesta. Íbamos hacia el coche que estaba estacionado a varios metros de la puerta del antro. Pude observar a todos los hombres que cruzamos viéndola, como caminaba torpemente con unos tacones de aguja altísimos, su vestido ajustado y diminuto. Las miradas eran de morbo y no paraban, uno tras otro, la veían a su paso, la escaneaban de arriba a abajo y después al pasar  sobre mi, me encontraban viéndolos fijamente con mis ojos juzgones y retadores, bajaban la mirada o se hacían los ausentes. 

 

Mientras eso sucedía, hice consciencia, no envidio el tener esas miradas sobre mi, ni celo que mi hermana u otra mujer las tenga. Por que son miradas que ponen en apuros a cualquier mujer, en mi pensamiento. Te vuelven presa fácil de algún maldito que te ponga en su radar. En esos momentos, me siento en paz de no ser yo la que tiene los ojos encima, me siento bien de estar gorda, de pasar invisible y ser indeseada. Satisfecha de tener un cuerpo grande que me permite defenderme, o de ponerme en el último lugar de algún atacante, pues no tan fácilmente alguien le hace frente a una gorda malhumorada.

 

Y es que para mi ha sido muy complicado. Este cuerpo me ha dado muchas ventajas y ha sido una gran herramienta cuando decido utilizarlo en modo defensa. La protección que siento con este grande y resistente cuerpo es indescriptible. Mi cuerpo es un gran escudo y también un arma que puedo utilizar para proteger a las personas que amo.

 

La ausencia de mi padre en mi vida me ha llevado a tener la profunda necesidad de protegerme de cualquier extraño que se acerque a mi, por que probablemente me harán daño, consciente o inconscientemente. Y debo reconocerlo, de los que me tengo que proteger, es de los hombres.

 

Y me vienen a la cabeza miles de ideas acerca de ellos: Los hombres son egoístas, misóginos, abusivos, infieles, si les permites que se acerquen sólo te van a embarazar y se irán. Para un hombre ser mujer es una deshonra, por siglos el hombre primogénito es el que lleva el apellido y lo hace trascender. Desde el principio de los tiempos la mujer debe ser sobajada y entender que su lugar está en la cocina, en los hijos, en ser débil y dependiente. Las mujeres han sido golpeadas, abusadas y hasta asesinadas por los hombres o sus ideas. Y me doy cuenta que no puedo confiar en ellos.

 

La mujer no tiene derecho a una sexualidad, no tiene derecho a amamantar en cualquier lugar, no puede usar su cuerpo si no es para complacer a un hombre y si lo hace con quien ella quiere, está mal visto; no puede salir a trabajar y dejar a sus hijos en una guardería, llorar o expresar su descontento. Es una puta, es una mala madre, una loca, histérica hormonal.

 

Vivo en casa con mi madre y hermanas, donde soy la mayor. Desde muy chica cuando mis padres se divorciaron me tocó ser la que junto con mi madre, cargaba las cajas de la mudanza, aprendí a manejar desde muy joven por que prefería mi independencia y poder ayudar a mi madre cuando fuera necesario, incluso con mis hermanas, por que mi padre no estaba. En mi casa no hay cabida para un hombre, no necesitamos que se nos abra la puerta, que se nos ayude a cargar las bolsas del super, el garrafón, las maletas o los muebles. Si se va la luz, el gas o el agua, una mujer lo resuelve; una fuga, un fusible, una mudanza. A mi madre no le da miedo ensuciarse las manos y resolver un problema.

 

Tuve un novio que en su familia todo es muy tradicional, la mujer en casa, el marido trabaja y protege. Entonces era muy gracioso pues al principio de la relación chocábamos al entrar a algún lado, no estaba acostumbrada a que me abrieran la puerta. Antes de que el lo notara yo ya había bajado la mitad de las bolsas de las compras y si algo le pasaba al coche lo resolvía antes de que le llamara para contarle. Me tardé en acoplarme a su caballerosidad.

 

Obviamente estas ideas acerca de los hombres, la falta de uno en mi casa y mi necesidad de crecer rápidamente para poder defenderme, me han traído varias consecuencias. Una de ellas es que no encuentro al hombre ideal. Pero cómo encontrarlo, si no le hago espacio y es que me doy cuenta que casi, casi yo soy mi propio hombre ideal, yo sola cubro el puesto. Y no tiene nada que ver con la sexualidad.

 

Con este gran cuerpo no me da miedo nada, ni enfrentarme a nadie, si hay un problema y es necesario, no dudaría incluso, de aventarme a los golpes con un hombre. ¿Estoy loca? Tal vez, pero mi cuerpo se acopló a lo que yo necesitaba mientras crecía, o sea, una armadura.

 

El reconocerlo me ha llevado años y años. ¿Por qué no me hace una dieta, por qué dejo todos los tratamientos a medias, por qué tratar mi problema con plus vida no funcionó? Simple: porque no estoy lista para dejar ir mi armadura. Ha estado conmigo por años, me ha servido y me ha hecho sentir segura como nadie. ¿Cómo me deshago de algo que necesito llevar conmigo a todos lados? No sé estar sin el y me aterra la idea de no tenerlo.

 

Me voy a la playa unos días y quiero pensar bien en esto, porque sé que estoy equivocada y como dicen, el primer paso para resolver un problema es encontrarlo.

 

Continuará…

 

 

 

 

 

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